Dentro de la taxonomía de los objetos de barro, se encuentran aquellos  vinculados a la llamada alfarería del agua, piezas fundamentales para la supervivencia de las comunidades antes de la llegada de los sistemas de canalización modernos. Durante siglos, sirvieron para recoger, almacenar y transportar agua y otros líquidos, sin embargo, con la instalación de las tuberías en los hogares, su utilidad práctica desapareció.

Esas cosas que acompañaron la vida diaria de tantas generaciones, se convirtieron en inútiles, acumulándose en los vertederos. Aun así, muchas familias los conservaron, ya fuera por cierto apego, a los recuerdos, a las formas, por mantener una estética en el hogar, o sin pensarlo mucho, o porque había espacio para guardarlos. Esa permanencia afortunada permitió que su significado se transformara: de objetos cerámicos utilitarios a portadores de identidad, a transmisores de historias, a testigos de los ritmos de vida de un tiempo pasado no tan lejano. Hoy los reconocemos en nuestro imaginario colectivo, protagonizando retratos antiguos, evocando escenas en pinturas flamencas, ocupando un hueco en el estante del salón.

Estos objetos, atesoran en su composición tierras cocidas de paisajes que ya no existen, esconden las huellas dactilares de las personas que los modelaron, y guardan los movimientos de sus infinitos ciclos de uso. Incorporarlos en mi trabajo es un modo de prolongar esa vida latente. En esta instalación se reúnen un conjunto de piezas del folclore encontradas en La Parvada con otras fabricadas en la actualidad con materiales similares, en una suerte de assemblage sin conglomerante. Un recorrido líquido que moja todos los objetos y que intenta borrar a su paso la obsolescencia a la que parecían destinados, reinventándose como dispositivos de conexión entre la experiencia colectiva, materia y memoria.

Transportar, almacenar, beber. Mover, recorrer, manar, brotar, fluir. Retener, acumular, recoger.
2025
La Parvada












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